Berdonces en la galería Alejandro Bataller

La galería Alejandro Bataller expone durante el mes de mayo los últimos trabajos de Francisco Berdonces. En esta ocasión presenta un espacio porticado por una alegoría en apariencia realista y que hasta podríamos definir como un tanto fácil, pero que esta dotada de un alto simbolismo ya que delata una de las grandes tragedias de nuestro tiempo que consiste en la desaparición del silencio, acaso como una mas entre esas miles de especies ya extinguidas o en vías de extinción; con ella nos invita a recuperarlo, como elemento imprescindible para la recreación de nuestra sensibilidad, de nuestra capacidad de atención, de nuestro derecho a la introspección hasta alcanzar los parajes más desolados o enigmáticos del yo profundo, o de recurrir a la risa como antídoto contra la angustia.
Un ámbito con espejos rebeldes, traidores y hasta pérfidos, que no reflejan nuestra imagen al ponemos frente a ellos, sino otras, las que ellos quieren; y acaso tan solo para inspirar el terror en los tabernáculos en nuestro ya tan consustancializado narcisismo; otro de sus vericuetos por los que nos venimos perdiendo y la mas estéril de las pasiones. Con cabezas que parecen haber sido golpeadas desde arriba por el martillo de un dios iracundo. Con rostros en los que aun no ha aparecido, o ya se ha borrado, . eso que entendemos como (lo propio), lo inconfundiblemente nuestro, y desde lo que erigimos el mito de la personalidad hoy moribundo por los efectos de la masificación, y de la rampante vulgaridad. Con mascarones que evocan los tiempos ya remotos en los que tuvo lugar el origen de la comedia, cuando estábamos vivos con una intensidad que hoy ya nos resultaría inimaginable; y acaso sin la cual eso que denominamos “libertad” es solo un espectro.
Con laberintos de los que muy posiblemente cada ser se horada el suyo, en los que no deja de hacerse presente una cierta esperanza, por remota que pueda vislumbrarse; acaso como último asidero para evitar la disolución.

Juan de Plácido

(Del catálogo de la exposición. Galería Alejandro Bataller. Valencia. 2011)
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Sin identidad

Hablar de la propia obra conlleva siempre un sentimiento de pudor. En la elección del motivo existe un carácter autobiográfico que posteriormente se lleva a un plano más general. El artista tiene las mismas vivencias que cualquier ser humano: amores, odios, nostalgias, deseos, etc. Cuando se acumulan muchas de estas vivencias, la solución es hacer una rigurosa selección y llegar a lo esencial. Estos últimos tiempos están siendo muy conflictivos y ello me han producido momentos de gran angustia hasta llegar a poner orden en mi interior. Se trataba de hacer una fuerte introspección y sacarlo a la luz: Creo que uno de los temas inagotables por no decir el que más, es el ser humano, ello lo podemos ver desde los albores de la prehistoria hasta nuestra sociedad postmoderna tan deshumanizada. Los antiguos mitos, lo símbolos, están ahí latentes, pero cada momento histórico pone a los suyos de relieve. La representación de lo humano es lo que nos estremece y llega directamente al sistema nervioso. La elección de los materiales tiene su propio significado el efecto de una obra sobre el espectador es una combinación de forma y material, sea cual sea (fotos-videos-medios tradicionales). El color lo relaciono con los hábitos de los monjes (mundo interior) a la vez que tienen referencia a los paños de los recién nacidos y de los sudarios, la vida y la muerte. Me interesa resaltar la oposición de los materiales (lisura y rugosidad, frialdad y calidez). En la historia de la pintura española se suele resaltar unos caracteres estéticos, morbosos y espirituales. Es una suerte de estadios que los místicos llaman en sus primeras fases “vía purgativa”, en la cual se analizan todo lo terrible que el ser humano lleva consigo. En oposición al acabado del academicismo, opongo lo inacabado “la suspensión barroca”. Es una visión “heraclitiana” donde todo esta en un continuo movimiento y por tanto en “cambio”. El dibujo a la vez expresa una relación intimista, y remite con su gradación de grises al volumen en la escultura.

Francisco Berdonces

(Del catálogo de la exposición. Galería Ca Revolta. Valencia. 2007)

La mirada plural

Presentarnos en esta muestra cuatro artistas españoles unidos por una misma sensibilidad pero que han realizado sus obras en soportes diferentes, como son la escultura en relieve mural, como es el caso de LIDÓ RICO, la fotografía digital que representa a ISABEL MUÑOZ, la instalación realizada en fieltro, sarga y lona de FRANCISCO BERDONCES y las pinturas matéricas de ANTONIO ALCÁZAR. Los cuatro gozan de cierto reconocimiento y prestigio, han sido galardonados en diferentes ediciones en la Bienal Internacional de Alejandría, y han representado a España con éxito en el Pabellón del Cincuentenario de dicha Bienal que acaba de celebrarse en la mítica ciudad egipcia.

Construida con materiales flexibles el artista FRANCISCO BERDONCES define su instalación con el nombre de “El fulgor del vacío”. Una luminosa reflexión en torno a la esencialidad humana entre la vida y la muerte. Con la firme convicción de que la oscuridad es otro sol Berdonces bucea en aquella misteriosa fuerza que sabe aún habita en lo más profundo del ser; una ceremonia, rito y liturgia desde la que nos fustiga partiendo de los despojos de la memoria situándonos ante la sombra herida de lo terrible, para aclararnos que el dolor, el sacrificio y la muerte no serán nunca cadáveres ritualizados sino luminosa oscuridad.
El desarrollo litúrgico de todo ello manifiesta en si mismo un alto grado de escenificación, siempre a la búsqueda de la sublimación del dolor.

Manuel Romero, Comisario de la exposición

(Del catálogo de la exposición “La mirada plural”. Ministerio de asuntos exteriores. Madrid. 2006)

La disolución de Narciso

Les persones que no han est:.tt humif1ades tenen, generalment, un aspecte bleda.
Les que ho han estat massa tenen un aspecte insignificant i esmorteit. Semblen viatgers que esperen, a la nit, un tren que porta molt de retart…

Josep Pla

Al contemplar las piezas de Francisco Berdonces se produce un encuentro fortuito y, por tanto, Inesperado. La posibilidad de lograr un atisbo de belleza fruto del profundo desasosiego que transmiten sus esculturas.
La presencia de unas figuras anónimas, cuyos moldes, reproducen la Imagen de un ser humano sllenclado por la vida. Cuya sombra acompaña y dota de fisicidad cada una de las piezas. La cabeza Inclinada, un rostro aparentemente Inexpresivo, Incapaz él mismo de contemplarse en un espejo.
Rostro, por otra parte, expuesto permanentemente a la mirada ajena. Necesitando de ella, de su condescendencia o su exabrupto. La posibilidad de Interpretaciones se enriquece y con cierta prontitud cualquiera puede encontrar una lectura social, de este modo, las mismas esculturas reproducen en su soledad la presencia cotidiana de un buen número de Indigentes cuyos cuerpos apostados en cualquier esquina o residentes precarios en las puertas de las iglesias, escenifican un esbozo de fracaso cuya coreografía se expone a la captura de la compasión ajena, blanqueo de conciencias y mecanismo que se repite una y otra vez mejor o peor suerte. Berdonces toma a una de estas personas, lo convierte en su modela: un cuerpo pequeño, un rostro cegado, de labios prietos cuyo anonimato consolida un icono perfecto. Una vez liberado de una Identidad propia éste participa y amplía de mayores espacios de evocación. De este modo la obra de Berdonces trasciende el reducto de soledades y caídas, sin obviar cierto aire de locura, reflejada sin paliativos, pero entregarse a un manido catálogo de crudezas Innecesarias. Tras la aparente sencillez de las piezas uno empieza a descubrir un nutrido número de matices apenas perceptibles cuya complejidad requiere de una mirada atenta, no disimulada y ajena a las premuras del Instante. Conjuntamente alas esculturas de exponen una serie de pinturas en las que el blanco y negro son los colores predominantes. Esta concisión cromática auspicia la presencia del dédalo como elemento únko de representación. Un laberinto cuyas formas nos remiten a anteriores trabajos escultóricos del propio artista. Berdonces nos posiciona como espectadores en el exterior del dédalo, nos ofrece distintas perspectivas de acceso, en una Invitación a entrar, pero también a perdemos. De nuevo nos sacude el miedo ante la Incógnita del laberinto, metáfora que Incide en las propias obsesiones y profundidades que cada cual va alimentando a lo largo de su vida. El temor a acceder sin la ayuda de una Ariadna cuyo hilo nos Indique la salida. Posiblemente, el artista, sabe muy bien, que nosotros somos nuestro propio Minotauro y esa falta de concesiones se transmite a través del color. En conjunto tanto las pinturas como las esculturas establecen un diálogo que dota de coherencia a toda la exposición, ampliando la solidez manifiesta de las obras. Por último un trabajo aparentemente aislado del resto lo componen una serle de piezas de ropa cuyo poder evocativo tan bien supieron explotar, entre otros, artistas como Beauys, James Lee Byars y, en otro contesto, algunas Instalaciones de Chistian Boltanski. La ropa colgado nos remite directamente a preguntamos acerca de una ausencia, de un sujeto cuya no presencia se manifiesta de modo profundamente doloroso. Esa ropa parece guardar Infinidad de esencias corporales, las mismas que restringe toda Imagen visual, donde la evocación queda restringida a la Imposición de lo visual y su reiterativa demanda de “veracidad”. Frente a la imposibilidad de una Imagen física, el resto de elementos son conjurados como dispositivos de reconstrucción, de ahí las relaciones de Intimidad y extrañeza que acostumbramos a establecer con la ropa, las fragancias, los colores y cualquier objeto que nos remita al otro, El artista conoce muy bien estos mecanismos, por ello, las obras nos Interrogan desde su aparente silencio, nos oprimen con su presencia y demandan el establecimiento fortuito de un diálogo que, una vez establecido, construya una liberación. La sensación de gratitud se Impone, para volver una vez más a la contemplación de la obra y al inicio de un nuevo Interrogante, el sometimiento de la duda, la novedad que proporcionará un nuevo descubrimiento y la alteración constante de una espera.

Joan Francesc Fandos

(Del catálogo de la exposición. Galería Canem. Castellón. 2002)

Luminosa oscuridad: Francisco Berdonces

La mayor autoridad viviente sobre la Atenas del siglo V se perdía en su propia ciudad, la Berlín guillermina.

Mircea Eliade

La vida, la naturaleza y el arte llevan en sí mismos un germen de transformación que en cualquier momento pueden sorprender al espíritu más audaz. A veces este aliento sorpresivo puede llegar incluso a paralizarnos, no con la fuerza del miedo, pero sí por el poder de las interrogantes que somos invadidos. Desde este territorio, ciertamente incómodo, se me reclama para volver a transitar por aquellos espacios que envolvieron mi infancia y adolescencia en la ciudad de Jaén, y espero que no me ocurra como al profesor de Bucarest del que nos habla Mircea Eliade.
Esta vuelta al espacio físico de mis orígenes está motivada por la exposición que el artista Francisco Berdonces presenta en la Capilla del Palacio de Villardompardo, antiguo Hospicio de Niñas Pobres, en la misma calle y muy cerca de la casa donde nací; aún recuerdo haber visto durante mi infancia el tomo donde las niñas eran depositadas.
Berdonces nos presenta un alfabeto de símbolos, con los que construye una luminosa reflexión desde la que nos habla de uno de los problemas más acuciantes de la historia esencial del hombre, ese trayecto entre eros y tanatos, entre vida y muerte, que sembrado de impudor y desolación muchos seres se ven obligados a recorrer. Con la firme convicción de que la oscuridad es otro sol, Berdonces bucea en aquella misteriosa fuerza que sabe aún habita en lo más profundo del ser. Y así levanta esta fascinante ceremonia, rito y liturgia, desde la que nos fustiga partiendo incluso de los despojos de la memoria para situamos ante la sombra herida de lo terrible, aquella que bordeando el alma aún pura y adolescente, extenuada y vencida, caminando a través de la más negra intensidad viene a diluirse en lo absoluto.
Multiplicando la capacidad simbólica de estas obras, como Paul Celan, parece saber Berdonces que lo importante no es ya el dolor, sino la esencia que aún palpita sobre la herida, y es a esta esencia hacia donde nos conduce a través de negras sombras, implicando en ello todos nuestros sentidos, pues de sentir se trata aquí, recordándonos con ello que la historia no es sólo una mera ficción, ni la vida parodia. No, el dolor, el sacrificio y la muerte no serán nunca cadáveres ritualizados, nos está diciendo Berdonces. Y aunque él nos sitúa ante un código de horrores, salmodias, murmullos y trajes de sarga identificados con los reconocidos «sambenitos», estas obras están dotadas de una enorme capacidad simbólica y metafórica que nos implican en un territorio altamente religioso, en el sentido que ante nuestros ojos y nuestro corazón heridos, vemos desarrollarse el acento sacro de toda una liturgia, terrible liturgia esta que nos conducirá hasta la consagración de los límites del vacío, allí donde confluyen cielo e infierno. Sobre el altar del sacrificio sólo nos queda el Baphomet que arruinó la espiritualidad templaria, la vida adolescente que transitó por estos claustros y patios, todo un misticismo del aniquilamiento reducido a una ritualidad calculada, expresada en la misa ceremonia de la muerte.
El desarrollo litúrgico de todo ello manifiesta por sí mismo un alto nivel de escenificación, siempre a la búsqueda de la sublimación del dolor, aun después del cuerpo vencido por el trémulo licor de muerte. Hermosa y significativa representación ésta desde donde Berdonces sacude nuestra memoria y acuchilla nuestra sensibilidad.

Manuel Romero

(Del catálogo de la exposición “El fulgor del vacío”. Centro Cultural del Palacio de Villardompardo. Diputación Provincial de Jaén. 2001)